domingo, 12 de junio de 2011

Nuestro árbol

Fui de visita a la casa de mi abuela sin sospechar que me encontraría allí con mi antiguo vecino y amigo de la infancia... Tampoco imaginé que se nos ocurriría ir al patio y probar nuestras habilidades de trepar aquel árbol el cual hace años bautizamos como "nuestro"... Jamás esperé poder subir sin dificultad, como lo hacía regularmente cuando tenía entre 7 y 12 años... Y, para nuestra sorpresa, esa misma rama, de aquel viejo árbol, pudo sostenernos igual que lo hacía hace dos décadas... Entonces se nos ocurrió que podíamos repetir lo mismo de esos años: comer mango, mientras conversábamos y nos hacíamos las confesiones de siempre; y eso hicimos... Lo curioso es que se sintió como si no hubiera pasado ni un solo día desde que dejamos repentinamente de hacerlo y lo disfrutamos igual que si fuéramos dos chiquillos inmaduros que no pensaban en todo eso que los adultos llamamos responsabilidades, restricciones, falta de tiempo, rutina... ni nos dejamos llevar por el famoso "qué dirán"... Al fin y al cabo, este era y es nuestro pequeño espacio, nuestro momento, nuestra rama, y nuestro fuerte, frondoso y tan querido árbol que nos vio nacer, crecer, madurar y volver... Siempre valdrá la pena recordar, vivir y revivir esos momentos de complicidad imborrables que atesoramos con celo y cariño en nuestro ser...

miércoles, 8 de junio de 2011

Una flor

Justo cuando sentía que todo estaba perdido, que lo que hacía no valía la pena, que sólo era un día más que debía soportar hasta su final, se me ocurre voltear la mirada hacia mi puerta y ahí estás tú, de pie, con una flor inusual en tu mano y una gran sonrisa en el rostro... De más está decir que me volvió la vida al cuerpo, literalmente hablando, por este simple gesto que costó poco, sin embargo, significa demasiado.

La vida tiene una extraña manera de hacernos valorar las cosas más sencillas... y es que, tal vez, sólo aprendemos a apreciar la sencillez y la belleza, cuando alrededor todo parece oscuro e incierto.

¡Gracias!